La distancia puede parecer corta en un mapa, pero el barro cambia todo. En los días más complicados, el trayecto demanda entre 40 y 45 minutos, tanto para entrar como para salir. La escena quedó retratada en una fotografía que se viralizó y que muestra a la docente avanzando con botas de goma por el camino anegado.
“Los días como estas semanas atrás que hemos tenido, tenemos que dejar el auto sobre la Ruta 11 y entrar caminando unos cuatro kilómetros”, contó Alejandra en diálogo con EME.
La imagen, explicó, surgió de manera espontánea. La tomó la cocinera de la escuela, que caminaba detrás de ella mientras ambas evaluaban si podían continuar o debían regresar. “Veníamos pensando si avanzábamos o nos volvíamos, y estábamos resbalándonos. Así surgió la foto, no fue por nada especial”, recordó.
La rutina empieza mucho antes de ponerse en marcha. “Nosotros comenzamos a las seis de la mañana mirando cómo está el tiempo, mandando mensajes: qué hacemos, en qué vamos, qué llevamos. Ahí comienza la rutina de estos días”, relató.
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Las botas de goma son indispensables, pero también lo es organizar cada detalle de lo que llevarán. En la mochila cargan carne, pan y mercadería para el comedor escolar. Al llegar, se cambian el calzado para comenzar las actividades.
Los chicos esperan a la seño en el camino
En Caraguatay, la llegada de Alejandra no es solamente el comienzo de las clases. También es el momento que esperan los chicos del paraje, que saben que, cuando el clima complica el acceso, la docente y sus compañeras deben hacer el recorrido caminando.
“Cuando llego caminando, cruzo por las casas de ellos y me dicen: ‘Seño, esperame que ya voy’. Se van junto con nosotros a la escuela caminando”, contó.
La escena se repite entre los caminos de tierra: los alumnos se suman al trayecto para llegar a la escuela, donde los espera el desayuno y, más tarde, el almuerzo. El establecimiento cuenta con servicio de comedor y el equipo docente se ocupa de que los chicos tengan su comida durante la jornada.
“Ver que ya están levantados esperándonos es una emoción muy grande”, expresó Alejandra.
La comunicación también forma parte de esa espera. Los chicos preguntan por mensajes si la seño va a llegar, a qué hora y si ya está en camino. A veces, la falta de señal impide mantener el contacto, hasta que finalmente la ven aparecer.
La escuela tiene actualmente 16 alumnos: cuatro de nivel inicial y 12 de primaria. La matrícula puede cambiar a lo largo del año, como sucede habitualmente en las comunidades rurales.
Una escuela, todos los grados y un mismo salón
Alejandra trabaja con un plurigrado, una modalidad en la que estudiantes de distintas edades y niveles comparten el mismo espacio. En Caraguatay, los chicos de primero a séptimo grado están juntos en un salón, aunque cada uno desarrolla las actividades correspondientes a su nivel.
“Es un plurigrado: estamos todos juntos en el mismo salón, cada uno trabaja en sus actividades de acuerdo a su grado. Tratamos de dar un tema en común para todos y después cada uno realiza las actividades de su grado”, explicó.
La planificación requiere tiempo y organización. Alejandra da clases por la mañana y, durante el horario de la siesta, prepara las actividades para sus alumnos. Destacó que la conectividad a internet mejoró y hoy representa una herramienta importante para el trabajo cotidiano.
También busca avanzar con refacciones en el edificio escolar, afectado por las condiciones climáticas. Mientras gestiona esas mejoras, sostiene la tarea educativa junto a sus compañeros y con el acompañamiento de las familias.
“Somos un equipo, no soy yo sola”, aclaró al destacar el trabajo de la cocinera, de los docentes especiales y de María Luisa, la profesora de tecnología, que también realiza el trayecto a pie cuando debe asistir a la escuela.
Una jornada que termina de noche
El esfuerzo de Alejandra no termina cuando suena el timbre de salida en Caraguatay. Después de trabajar durante la mañana, debe trasladarse hasta Malabrigo, donde se desempeña en una escuela de educación para adultos.
Alrededor de las 18.30 sale de Vera para recorrer entre 27 y 30 kilómetros hasta esa ciudad. Allí trabaja hasta las 22.15 y luego emprende el regreso a su casa.
Cuando finalmente llega, todavía quedan tareas por hacer: cenar, preparar los materiales y revisar que no falte nada para el día siguiente. Porque, si se olvida el pan o la mercadería para el comedor, resolverlo en medio del camino rural puede resultar muy difícil.
“Llego, cenamos y preparo las cosas para el otro día. Cuando me levanto tengo miedo de olvidarme algo, y si me olvido es imposible”, contó.
La docente tiene dos cargos y reconoce que su situación laboral forma parte de una realidad extendida entre quienes trabajan en el sistema educativo. “Dentro de todo estoy bien, porque tengo trabajo doble. Es la realidad de la mayoría”, señaló.
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La escuela como centro de la vida del paraje
Más allá de las dificultades para llegar, Alejandra destacó el vínculo con las familias y el lugar que ocupa la institución en Caraguatay. Según describió, la escuela es actualmente una de las pocas presencias institucionales de la comunidad, junto con el destacamento policial.
Para los chicos, asistir a clases también significa encontrarse, compartir y jugar. “Los chicos no tienen otra salida: su día a día es ir a la escuela y esperar el recreo para jugar. Ese es su momento del día”, relató. Incluso, aseguró que muchas veces le piden que les deje tarea para hacer por la tarde.
El acompañamiento de los padres es clave para sostener ese vínculo y afrontar las dificultades cotidianas. Alejandra mantiene contacto permanente con las familias y remarcó que el trabajo rural no es un esfuerzo individual, sino una tarea compartida por docentes y trabajadores de distintas escuelas de la zona.
“La mayoría de mis compañeras y compañeros rurales hacen el mismo sacrificio. No es algo mío, es algo de la mayoría, porque estamos en contacto y trabajamos juntas”, afirmó.
“La educación rural es eso”
Alejandra asegura que está contenta con el lugar que le tocó este año. Ya pasó por distintas escuelas y entiende cada experiencia como parte de un recorrido profesional que puede llevarla, con el tiempo, a otra comunidad.
En Caraguatay, mientras tanto, cada jornada depende de la organización, del estado del camino y del compromiso de un equipo que hace lo necesario para que las clases se desarrollen.
Cuatro kilómetros de barro, mochilas cargadas con alimentos, alumnos que esperan en las casas y una jornada laboral que se extiende hasta la noche forman parte de su día a día. Una historia que también refleja las condiciones en las que trabajan muchos docentes rurales del norte santafesino.
“La educación rural es eso”, resumió Alejandra, quien cerró la entrevista con una invitación: “Los esperamos por la escuela cuando quieran. Están todos invitados”.






