En el marco del Día de la Empanada, una entrevista al líder de kapanga dejó al descubierto una historia tan simple como profunda: la de un vínculo construido a lo largo de más de dos décadas entre el músico y la familia Sánchez, del barrio El Pozo, en Santa Fe.
Todo comenzó con una tradición familiar: la preparación de empanadas de pescado, especialmente de surubí, que Rosa Sánchez cocinaba y hacía llegar al artista cada vez que la banda visitaba la ciudad. Con el tiempo, ese gesto se transformó en un ritual y en el inicio de una relación que trascendió lo artístico.
Durante la entrevista, el Mono se mostró visiblemente emocionado al recordar a Rosa, ya fallecida, y destacó el cariño que siente por toda la familia. “Va a estar siempre en mi corazón”, expresó, reflejando una cercanía poco habitual entre artista y seguidores.
Cecilia Sánchez, hija de Rosa, contó que el vínculo se mantuvo durante años a través de encuentros en recitales, visitas a hoteles e incluso momentos más íntimos. Uno de los más recordados fue cuando el músico, tras un reconocimiento en Santa Fe, decidió acompañarla a visitar a su madre internada en un sanatorio, generando una sorpresa inolvidable.
La relación también se convirtió en una tradición generacional: desde los hermanos mayores hasta los más chicos, toda la familia creció siguiendo a la banda y compartiendo esos encuentros. “Somos tres generaciones”, relató Cecilia, dando cuenta del impacto que tuvo la música en sus vidas.
Más allá de la anécdota culinaria, la historia refleja el costado más humano de los artistas. Un lazo construido desde la sencillez de un gesto —unas empanadas caseras— que con el tiempo se transformó en afecto genuino, memoria y gratitud compartida.





