La salud mental en la Argentina atraviesa un escenario sumamente crítico y postergado que hoy se manifiesta en indicadores sumamente alarmantes. Frente a la marcada suba en la tasa de suicidios registrada en el último año, los especialistas exigen un análisis macro que trascienda la clínica singular de cada paciente para evaluar el impacto del contexto socioeconómico.
«Estamos viviendo en un momento social, económico, político que tiene la particularidad que promueve el mismo sistema un individualismo feroz», advirtió Cintia Gambuti, psicóloga e integrante de la conducción de FESPROSA. Bajo este panorama, la profesional señaló que se impone un imperativo de éxito y felicidad idealizado.
La problemática se profundiza ante el desmoronamiento y desbordamiento de las instituciones tradicionales que históricamente sirvieron de marco regulatorio ante la frustración y el sufrimiento. «Se empiezan a destruir las instituciones que sirven de contención, que sirven de marco regulatorio para este sufrimiento», lamentó la psicóloga, quien también mencionó el aislamiento provocado por la excesiva dependencia.
En lugar de propiciar entornos de contención simbólica para amortiguar este malestar, el rol del Estado se encuentra bajo cuestionamiento por su progresivo repliegue. De acuerdo con la representante de FESPROSA, la Ley Nacional de Salud Mental sufre un marcado desfinanciamiento y se proponen reformas que implican un grave retroceso en derechos fundamentales previamente consolidados.
Por otra parte, la crisis impacta de manera directa sobre los profesionales del sector, quienes absorben una demanda desbordada proveniente de la salud pública y de las obras sociales que recortan servicios. «Los espacios que van quedando son espacios que están atendidos por profesionales y trabajadores de la salud mental que también en la mayoría de los casos están precarizados», denunció Gambuti.





