La hepatitis C continúa siendo uno de los principales desafíos sanitarios a nivel mundial, pese a que hoy existen tratamientos capaces de curar la enfermedad en la gran mayoría de los casos. Así lo advirtió la Organización Mundial de la Salud (OMS), que alertó que el mundo aún está lejos de alcanzar el objetivo de eliminar las hepatitis virales como problema de salud pública para el año 2030.
En Argentina, la enfermedad puede tratarse con medicamentos orales que permiten la curación en apenas entre ocho y doce semanas, con una eficacia superior al 95%, prácticamente sin efectos adversos y con cobertura integral por parte del sistema de salud. Sin embargo, especialistas remarcan que el principal obstáculo ya no es el acceso a la medicación, sino la falta de diagnóstico y la desinformación de muchos pacientes.
Uno de los datos que más preocupa surge de las cifras internacionales: desde la aparición de los tratamientos modernos en 2015, apenas dos de cada diez personas que podrían haberse beneficiado con ellos accedieron efectivamente a la terapia. Esto significa que millones de pacientes aún no recibieron una medicación capaz de curarlos de manera definitiva.
La OMS estima que actualmente hay alrededor de 11 millones de personas diagnosticadas con hepatitis C que siguen vivas y todavía no iniciaron tratamiento. Muchas de ellas recibieron el diagnóstico hace años y desconocen que los avances médicos transformaron completamente el abordaje de la enfermedad.
Los especialistas advierten que la hepatitis C suele evolucionar de manera silenciosa durante mucho tiempo, sin presentar síntomas evidentes. Esa característica hace que numerosos pacientes descubran la infección cuando ya existen complicaciones importantes, como cirrosis o cáncer de hígado.
Frente a este escenario, las entidades médicas insisten en que la detección precoz es la principal herramienta para reducir el impacto de la enfermedad. Un simple análisis de sangre permite conocer si una persona estuvo expuesta al virus y, en caso de confirmarse la infección, iniciar rápidamente un tratamiento que puede evitar daños irreversibles en el hígado.
Además, recomiendan que todos los adultos se realicen al menos una vez en la vida el test de hepatitis C, especialmente quienes hayan recibido transfusiones hace muchos años, se hayan sometido a cirugías, procedimientos odontológicos, tatuajes, piercings u otras prácticas que pudieran haber implicado contacto con sangre contaminada.
Aunque desde 2015 disminuyeron las nuevas infecciones, la reducción fue de apenas un 8%, muy lejos de la meta internacional de alcanzar un descenso del 80% para 2030. Solo durante 2024, las hepatitis B y C provocaron más de 1,3 millones de muertes en el mundo, principalmente por cirrosis y cáncer hepático.
Los expertos coinciden en que el desafío ya no pasa por desarrollar nuevos medicamentos, sino por lograr que más personas accedan al diagnóstico y regresen a la consulta médica. Detectar la enfermedad a tiempo no solo permite curar al paciente, sino también reducir la transmisión del virus y avanzar hacia el objetivo de controlar definitivamente una enfermedad que hoy, a diferencia de décadas atrás, tiene cura.





