Luego del impacto generado por lo sucedido en San Cristóbal, la atención no solo se centra en esclarecer el hecho, sino también en cómo acompañar a una comunidad atravesada por el dolor, la incertidumbre y la conmoción. En este contexto, la psicóloga Marilina aportó su mirada profesional sobre cómo actuar en las primeras horas y días posteriores.
Según explicó, el momento inmediato debe abordarse como una intervención en crisis. “No es tiempo de terapia profunda, sino de estabilizar y contener”, señaló, haciendo especial hincapié en el rol de los adultos frente a niños y adolescentes. La clave, sostuvo, es estar disponibles para escuchar, sin forzar el diálogo y respetando los tiempos individuales de cada persona.
En comunidades pequeñas, el impacto emocional se multiplica. No solo afecta a las familias directamente involucradas, sino también a docentes, compañeros, instituciones y vecinos. “Todos se entrecruzan, todos están atravesados por la situación”, explicó, remarcando la necesidad de generar espacios colectivos de escucha y acompañamiento.
Respecto al regreso a clases, uno de los puntos más sensibles, la especialista advirtió que no se puede hablar de una vuelta a la normalidad en términos tradicionales. “Algo irrumpió y cambió la realidad. Es necesario construir una nueva normalidad, reconociendo lo ocurrido y respetando cómo cada estudiante lo procesa”, indicó. En ese sentido, destacó que algunos podrán expresarse rápidamente, mientras que otros necesitarán más tiempo.
En el ámbito familiar, recomendó abrir el diálogo de manera natural, sin imponer conversaciones, pero generando un clima de confianza donde los jóvenes se sientan seguros para hablar. A su vez, subrayó que los adultos también están afectados y necesitan espacios para procesar lo vivido.
En cuanto a la prevención, la profesional señaló la importancia de prestar atención a cambios de conducta sostenidos en el tiempo: irritabilidad, tristeza constante, aislamiento, falta de motivación o expresiones de violencia. Sin embargo, aclaró que no se trata de “controlar todo”, sino de fomentar vínculos donde los adolescentes puedan expresar lo que sienten.
Finalmente, destacó que situaciones como la ocurrida evidencian la necesidad de dar mayor lugar a la salud mental en la vida cotidiana. “Cuando algo no puede ponerse en palabras, puede aparecer en actos. Por eso es fundamental generar espacios de escucha”, concluyó.
En medio del dolor, el desafío ahora es colectivo: acompañar, escuchar y reconstruir el tejido social para evitar que el silencio profundice las heridas.
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