La fascinación de Victoria Rosso por los animales salvajes comenzó frente a una pantalla, cuando de chica miraba documentales junto a su papá. Lo que entonces era una pasión por los leones, los elefantes y la fauna africana se convirtió, con los años, en un proyecto de vida. A los 26 años, tras recibirse de licenciada en Biodiversidad en la Universidad Nacional del Litoral (UNL), la santafesina viajó a Sudáfrica para trabajar en proyectos de conservación.
En diálogo con EME, Rosso contó que desarrolla gran parte de sus actividades en la provincia sudafricana de Limpopo, cerca del Parque Nacional Kruger, una de las áreas naturales más reconocidas del país y una zona que concentra numerosas reservas privadas y espacios protegidos. También trabaja en Ciudad del Cabo, donde participó de experiencias de rescate y rehabilitación de animales.
Su llegada a Sudáfrica estuvo relacionada con un viaje turístico que realizó en noviembre del año pasado junto a su mamá. Durante esa visita recorrieron Ciudad del Cabo y participaron de safaris. Allí surgió la posibilidad de sumarse a Mantis, una empresa que organiza viajes turísticos y experiencias de conservación.
“Yo lo que hago es principalmente ponerme en contacto con diferentes lugares, organizaciones de Sudáfrica, para ver cómo trabajan con los animales, qué proyectos tienen, qué hacen, si se trabaja en conservación, si son éticos”, explicó. Su tarea consiste en evaluar las propuestas y analizar si sus prácticas están alineadas con los criterios de bienestar animal y conservación que busca promover la organización.
Cuando encuentra proyectos que cumplen con esas condiciones, trabaja para que personas de Argentina y de otros países de Latinoamérica puedan participar de las experiencias. La propuesta combina el aprendizaje sobre la fauna con la colaboración en actividades de conservación y educación ambiental.
Rinocerontes y chitas: el trabajo para proteger especies amenazadas
Uno de los proyectos que más la marcó fue el de un centro dedicado a especies en peligro de extinción, donde trabajó con rinocerontes y chitas. Allí conoció de cerca las consecuencias de la caza furtiva y las dificultades que enfrentan algunos animales para sobrevivir.
“Los rinocerontes son una especie que está en peligro de extinción, quedan muy pocos ejemplares en el mundo y se está trabajando mucho en su conservación”, señaló. Según relató, algunos de los ejemplares que llegan a estos centros son crías huérfanas, cuyas madres fueron asesinadas para extraerles los cuernos. Otros sobrevivieron a ataques en los que les quitaron esa parte del cuerpo y quedaron gravemente heridos.
La licenciada explicó que los cuernos de los rinocerontes están compuestos principalmente por queratina, la misma proteína presente en el cabello y las uñas humanas. Sin embargo, existe una demanda comercial que alimenta la caza ilegal: en algunos países asiáticos se les atribuyen supuestas propiedades medicinales que, según remarcó, no tienen respaldo científico. También influyen su elevado precio y el valor simbólico que algunas personas les asignan como signo de estatus.
Los animales que sobreviven a esos ataques pueden ser trasladados a centros especializados, donde reciben cuidados y, cuando las condiciones lo permiten, se trabaja para que puedan regresar a la naturaleza. “La idea es que sean liberados”, indicó Rosso sobre los rinocerontes con los que participó del proyecto.
El trabajo con chitas también le permitió conocer las amenazas que enfrenta esa especie. Además de la caza, explicó que estos felinos tienen una baja variabilidad genética y dificultades naturales para conseguir alimento. Son veloces, pero necesitan aprovechar muy bien sus esfuerzos para cazar y pueden perder sus presas frente a otros depredadores.
En los centros donde trabajó, los chitas permanecían en recintos amplios, acondicionados para reproducir aspectos de su ambiente natural y con estímulos para reducir el estrés. Según describió, se trata de animales que podrían ser liberados en el futuro, de acuerdo con las posibilidades de cada ejemplar.
Rosso también participó de tareas con pingüinos en Ciudad del Cabo y de una liberación de animales en la playa. Definió esas experiencias como reconfortantes, aunque reconoció que el trabajo puede ser exigente y que ver animales en cautiverio genera sentimientos encontrados. Para ella, comprender por qué están allí y cómo se los cuida permite dimensionar el sentido de esas tareas.
Cuándo el cautiverio forma parte de la conservación
La santafesina aclaró que no está de acuerdo con mantener animales encerrados sin una razón que lo justifique. Sin embargo, sostuvo que es necesario evaluar cada situación y distinguir entre espacios que explotan a la fauna y centros que reciben ejemplares rescatados que no podrían sobrevivir por sus propios medios.
Como ejemplo, mencionó a un serval que había sido víctima del mascotismo y que, por esa experiencia, no estaba en condiciones de volver a la naturaleza. También recordó el caso de un leopardo cuya madre fue encontrada muerta y que, sin asistencia, no habría podido sobrevivir.
“Yo lo que no apoyo son animales que estén en cautiverios sin ninguna razón. A mí no me gusta ver animales encerrados y no lo apoyo. El tema es que también depende mucho de la razón por la cual estén ahí”, afirmó.
Por eso, parte de su trabajo consiste en evaluar las condiciones de los centros y las prácticas que llevan adelante. Su formación en Biodiversidad le permite observar aspectos que podrían pasar inadvertidos para quienes no tienen conocimientos específicos sobre el manejo de animales silvestres.
Elefantes y ecosistemas: un problema generado por la intervención humana
Rosso también describió los desafíos que existen en Sudáfrica con los elefantes. A diferencia de los rinocerontes y los chitas, la especie no está en peligro de extinción, pero su distribución entre reservas privadas genera situaciones diferentes: en algunas hay pocos ejemplares y en otras se registra una sobrepoblación.
El tamaño de estos animales y su impacto sobre el entorno hacen que la gestión de sus poblaciones sea compleja. La especialista planteó que parte del problema está relacionado con la intervención humana y con la fragmentación de los ambientes naturales.
“El elefante se llama ingeniero de ecosistema”, explicó. El término se utiliza porque, al derribar árboles y desplazarse por distintos sectores, modifica el paisaje y abre espacios que pueden ser aprovechados por otras especies. Para Rosso, las restricciones impuestas sobre los territorios naturales también limitaron sus movimientos y contribuyeron a generar desequilibrios.
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En cuanto a la caza, diferenció la actividad ilegal —que afecta especialmente a especies amenazadas, como los rinocerontes— de las prácticas autorizadas en determinadas reservas privadas. Aunque explicó que existen mecanismos regulados para controlar poblaciones de algunos animales, aclaró que personalmente no apoya la caza.
Voluntariados abiertos a personas con distintas formaciones
Las experiencias que coordina Mantis no están destinadas exclusivamente a especialistas en biología. Rosso contó que cualquier persona puede participar de algunos proyectos, ya que las actividades incluyen instancias de aprendizaje y colaboración. Entre las propuestas disponibles hay experiencias vinculadas con rinocerontes y chitas, además de programas de educación ambiental para chicos de entre 12 y 13 años.
En estos últimos casos, los participantes reciben previamente los contenidos educativos para preparar las actividades. La excepción es una convocatoria específica para estudiantes y profesionales de Veterinaria, que sí requiere formación en esa área.
La joven remarcó que el objetivo es que los voluntarios aprendan sobre los animales y colaboren con proyectos que tengan criterios adecuados de conservación. Su función incluye revisar las condiciones de cada experiencia para evitar que la actividad turística se imponga por encima del bienestar de la fauna.
La conservación también se desarrolla en Argentina
Aunque hoy su trabajo está centrado en Sudáfrica, Rosso señaló que en Argentina existen numerosas organizaciones dedicadas a la protección de especies y al cuidado de animales rescatados. Mencionó iniciativas vinculadas con el yaguareté, la nutria gigante y el oso hormiguero, además de proyectos en distintas regiones del país.
También destacó el trabajo de los centros que reciben animales que, por haber sido víctimas del tráfico ilegal, del mascotismo u otras situaciones, no pueden regresar a su hábitat. En esos casos, la conservación puede incluir el rescate, la rehabilitación y la búsqueda de mejores condiciones de vida.
La licenciada sostuvo que los voluntariados en el país son una oportunidad para conocer la fauna local y aprender sobre las tareas que se realizan en ambientes naturales. Si bien todavía no participó de uno en Argentina, contó que colegas y amigas tuvieron experiencias en Corrientes y Misiones.
Los próximos pasos de una experiencia que recién comienza
Tras su primera etapa de trabajo en Sudáfrica, Rosso planea regresar en los próximos meses. Para el año que viene, Mantis prevé organizar grupos de voluntariado en marzo, septiembre y octubre, con propuestas centradas en la conservación de rinocerontes y chitas y en la educación ambiental con niños.
La idea es que ella acompañe y coordine esas experiencias, además de colaborar con las actividades que se desarrollen en cada proyecto.
Lo que comenzó durante la infancia, frente a la pantalla de un televisor, hoy forma parte de su vida profesional. Con su formación en Biodiversidad y su trabajo en el terreno, Victoria Rosso busca acercar a más personas al conocimiento de los animales salvajes y promover experiencias que combinen aprendizaje, responsabilidad y conservación.







