La noche en la Avenida arrancó con el clima propio de una final, con los dientes apretados y la conciencia de todo lo que había en juego. Desde el salto inicial, Unión impuso condiciones mediante una defensa férrea sobre la bola que le permitió recuperar balones y castigar rápidamente en transición. Esa intensidad dejó sin respuestas a un San Martín que lució inconexo en sus ofensivas y poco resolutivo en la pintura, permitiendo que el local marque el ritmo del partido desde temprano.
Sin embargo, el desarrollo encontró una gran paridad durante el segundo parcial. La visita ajustó las marcas, bloqueó las penetraciones que tanto daño le habían hecho y obligó al equipo santafesino a tomar tiros forzados. Ante la baja en la efectividad y una leve merma en la intensidad defensiva del Tate, el trámite se volvió de ida y vuelta, aunque Unión logró sostener la concentración necesaria para irse al descanso largo con la ventaja en el marcador.
Tras el paso por los vestuarios, el tercer capítulo comenzó favorable al conjunto correntino. De la mano de la generación de juego de Gastón García, el «Rojinegro» logró romper las barreras defensivas locales y achicar distancias. Pero el momento crítico duró poco: al cruzar el meridiano del cuarto, Unión reordenó sus filas, volvió a atacar con criterio y encontró puntos fundamentales en la pintura que le devolvieron la tranquilidad antes de entrar al tramo decisivo.
El epílogo fue de alto voltaje y pura emoción. En los instantes iniciales del último cuarto, el Tatengue alcanzó la máxima diferencia del encuentro, pero San Martín quemó naves tras un minuto pedido y clavó un parcial de 8-0 que le puso suspenso al final. Fue allí donde apareció el corazón del equipo y el aliento ensordecedor de su público; Unión cerró el juego con absoluta lucidez, despejó cualquier duda y desató un festejo ensordecedor en el Malvicino para celebrar que Santa Fe sigue siendo de Primera.






